Me acuerdo como si hubiera sido ayer, tal vez porque me tocó ver todo en primer plano: fue una caída fatal desde una altura de alrededor de diez metros, presenciada en primera persona en una mañana de mediados de 2024 que, hasta ese momento, era de trepes de recreación con amigos en la zona de escalada deportiva ubicada en Lo Curro.
No es tampoco la primera vez que me toca ver una caída desde una gran altura; cuando tenía alrededor de siete años, saliendo del estacionamiento del edificio con mi madre al volante, y yo con mi hermana menor atrás -y mientras el portón abría- sentimos un estruendo que sonó como un camión chocando a toda velocidad. En realidad se trataba de un fallido intento de suicidio de un hombre que decidió lanzarse desde el noveno piso del edificio y que cayó frente a nuestro auto -a menos de un metro- y que a pesar de que parecía muerto, sobrevivió.
Volviendo a Lo Curro. Cuando vi a Carlos frente a mis ojos, detenida su caída en el lugar desde donde yo aseguraba a mi compañero hace unos pocos instantes -en esa mañana de pegues entre amigos- se me vino inmediatamente el recuerdo grabado en mis células de la caída del hombre del edificio que vi cuando niño. También se me vino al tiro a la mente -sin mediar pensamiento- la vez que vi a mi amigo volar siete metros directo al piso en el sector de las columnas de La Engorda. Mi amigo, a quien llamaremos Dano -un nombre ficticio para proteger su identidad- estaba haciendo escalada artificial en solitario cuando le cargó su peso a un seguro, y este cedió con un sonido metálico inolvidable.
Tras haber visto varias caídas en la vida, la última y más tremenda de todas con un resultado fatal, mi relación con la escalada cambió. Seguro más de una persona hubiera diagnosticado que “me traumé” con la última caída que me tocó presenciar, la de Carlos, quien se encontraba en ese momento dictando un curso de introducción a la escalada.
Las primeras dos semanas tras el fallecimiento de Carlos -una persona que yo no conocí sino en sus últimos momentos- me sentí mal. Cansado. Físicamente, anímicamente. Andaba bastante bajoneado, y no paraba de pensar en cómo, sí o sí, esta compleja experiencia iba a impactar directamente mi relación con la montaña -un caso más de lo que se conoce como la profecía autocumplida.
El día que volví a escalar por primera vez tras el accidente fue de los peores que he tenido: recuerdo que el plan era un domingo de Chilcas con amigos, algo más bien distendido, pero me costó mucho. En la ruta de calentamiento ni me pude montar. De un segundo a otro, me había sacado el arnés y ya me encontraba haciendo dedo en la carretera para volver a Santiago -dejando atrás a mis amigos con quienes había llegado en auto. Todo mal.
Hoy, un poco más de dos años tras el fallecimiento de Carlos, puedo decir que lo que salvó mi relación con la escalada es que realmente la amo. Si no hubiera sido así, seguramente la hubiera dejado de lado. Volver a escalar a mi límite, tomando los riesgos con claridad de mente y sin miedo al fantasma difuso de la muerte ha sido todo un proceso, pero ha sido efectivo. Incluso puedo decir que mi escalada ha mejorado desde entonces, pero eso no significa que haya sido fácil. Se ha tratado sobre todo de un trabajo consciente donde nunca mentí respecto a lo que sentía, lo que quería, y lo que tenía que trabajar. En este caso en particular, fue el miedo a las caídas. Tuve que trabajar durante dos años, mi relación con las caídas -incluso con aquellas que yo sé que son seguras. Ahora no dejo que cualquiera me asegure, soy más mañoso para algunas cosas, pero en general hay más claridad. Ya no tengo espacio para escalar por razones vanas.
Creo que para una persona dispersa como yo, el ser ordenado, claro, diligente, persistente y realista en cuanto a mis objetivos fue la clave. Me permitió volver a escalar con normalidad después de bastante tiempo, pero mentiría si no dijera que el motor tras esta pequeña historia de superación personal fueron las ganas y el ser testarudo -herramientas fundamentales para volver a ordenar mi cabeza. Sin estas dos, probablemente nunca me hubiera recuperado de haber visto tantas caídas en mi vida.
Volver a escalar al nivel previo al que estaba antes de presenciar un accidente fatal en escalada -y varios otros en que las personas no fallecieron- es un viaje que vivo todos los días, y ha sido algo que me ha obligado a desechar las capas más superficiales de mi actividad de montaña -al menos en cuanto a las motivaciones. Después de algo así, es muy difícil volver si nuestros motivos no son profundos, creo. Sino, al menos yo, hubiera tirado la toalla con la actividad de montaña hace rato.
Enrique Marmentini Madrid