Volviendo a escalar tras presenciar un accidente fatal -Enrique Marmentini

Me acuerdo como si hubiera sido ayer, tal vez porque me tocó ver todo en primer plano: fue una caída fatal desde una altura de alrededor de diez metros, presenciada en primera persona en una mañana de mediados de 2024 que, hasta ese momento, era de trepes de recreación con amigos en la zona de escalada deportiva ubicada en Lo Curro. 

 

No es tampoco la primera vez que me toca ver una caída desde una gran altura; cuando tenía alrededor de siete años, saliendo del estacionamiento del edificio con mi madre al volante, y yo con mi hermana menor atrás -y mientras el portón abría- sentimos un estruendo que sonó como un camión chocando a toda velocidad. En realidad se trataba de un fallido intento de suicidio de un hombre que decidió lanzarse desde el noveno piso del edificio y que cayó frente a nuestro auto -a menos de un metro- y que a pesar de que parecía muerto, sobrevivió.


Volviendo a Lo Curro. Cuando vi a Carlos frente a mis ojos, detenida su caída en el lugar desde donde yo aseguraba a mi compañero hace unos pocos instantes -en esa mañana de pegues entre amigos- se me vino inmediatamente el recuerdo grabado en mis células de la caída del hombre del edificio que vi cuando niño. También se me vino al tiro a la mente -sin mediar pensamiento- la vez que vi a mi amigo volar siete metros directo al piso en el sector de las columnas de La Engorda. Mi amigo, a quien llamaremos Dano -un nombre ficticio para proteger su identidad- estaba haciendo escalada artificial en solitario cuando le cargó su peso a un seguro, y este cedió con un sonido metálico inolvidable.


Tras haber visto varias caídas en la vida, la última y más tremenda de todas con un resultado fatal, mi relación con la escalada cambió. Seguro más de una persona hubiera diagnosticado que “me traumé” con la última caída que me tocó presenciar, la de Carlos, quien se encontraba en ese momento dictando un curso de introducción a la escalada. 


Las primeras dos semanas tras el fallecimiento de Carlos -una persona que yo no conocí sino en sus últimos momentos- me sentí mal. Cansado. Físicamente, anímicamente. Andaba bastante bajoneado, y no paraba de pensar en cómo, sí o sí, esta compleja experiencia iba a impactar directamente mi relación con la montaña -un caso más de lo que se conoce como la profecía autocumplida.


El día que volví a escalar por primera vez tras el accidente fue de los peores que he tenido: recuerdo que el plan era un domingo de Chilcas con amigos, algo más bien distendido, pero me costó mucho. En la ruta de calentamiento ni me pude montar. De un segundo a otro, me había sacado el arnés y ya me encontraba haciendo dedo en la carretera para volver a Santiago -dejando atrás a mis amigos con quienes había llegado en auto. Todo mal. 


Hoy, un poco más de dos años tras el fallecimiento de Carlos, puedo decir que lo que salvó mi relación con la escalada es que realmente la amo. Si no hubiera sido así, seguramente la hubiera dejado de lado. Volver a escalar a mi límite, tomando los riesgos con claridad de mente y sin miedo al fantasma difuso de la muerte ha sido todo un proceso, pero ha sido efectivo. Incluso puedo decir que mi escalada ha mejorado desde entonces, pero eso no significa que haya sido fácil. Se ha tratado sobre todo de un trabajo consciente donde nunca mentí respecto a lo que sentía, lo que quería, y lo que tenía que trabajar. En este caso en particular, fue el miedo a las caídas. Tuve que trabajar durante dos años, mi relación con las caídas -incluso con aquellas que yo sé que son seguras. Ahora no dejo que cualquiera me asegure, soy más mañoso para algunas cosas, pero en general hay más claridad. Ya no tengo espacio para escalar por razones vanas. 


Creo que para una persona dispersa como yo, el ser ordenado, claro, diligente, persistente y realista en cuanto a mis objetivos fue la clave. Me permitió volver a escalar con normalidad después de bastante tiempo, pero mentiría si no dijera que el motor tras esta pequeña historia de superación personal fueron las ganas y el ser testarudo -herramientas fundamentales para volver a ordenar mi cabeza. Sin estas dos, probablemente nunca me hubiera recuperado de haber visto tantas caídas en mi vida. 


Volver a escalar al nivel previo al que estaba antes de presenciar un accidente fatal en escalada -y varios otros en que las personas no fallecieron- es un viaje que vivo todos los días, y ha sido algo que me ha obligado a desechar las capas más superficiales de mi actividad de montaña -al menos en cuanto a las motivaciones. Después de algo así, es muy difícil volver si nuestros motivos no son profundos, creo. Sino, al menos yo, hubiera tirado la toalla con la actividad de montaña hace rato.

 

Enrique Marmentini Madrid 

 


Doble chequeo

 

Cuando te enseñan a escalar en roca, de las primeras cosas que aprendes, junto con aprender a armar el nudo ocho, es el “doble chequeo”. Es ese momento previo a la escalada, en el que con tu cordada revisan que cada uno hizo las cosas bien: el casco y arnés están ajustados, el nudo ocho está pasando por los dos puntos del arnés, está bien “peinado”, y el dispositivo de aseguramiento está bien posicionado y bloqueando la cuerda. Sin embargo, casi nadie menciona el doble chequeo mental: asegurarse que tu compañero está en condiciones de participar de una actividad de alto riesgo, como lo es la escalada en roca. Este punto es tan importante como el chequeo del equipo, y para mi mala suerte lo aprendí en un accidente.

A pocos meses de empezar en la escalada deportiva, fui con dos amigas a escalar en una localidad fuera de Santiago. A las dos las conocía desde hace poco tiempo por separado, y ese fin de semana quise juntarlas para aprovechar que una de ellas visitaba la ciudad. Aunque sus personalidades eran muy diferentes, se llevaron bien desde el comienzo. Mi amiga quien visitaba la ciudad es despierta, calmada, de palabras precisas y ojos brillantes. Mi otra amiga es extrovertida, de risa rápida y muy emocional, a esta amiga la llamaremos Karen. Karen acababa de terminar un pololeo y no quería dejarla sola ese fin de semana. En un inicio, el plan era ir a la playa en el litoral, pero cuando la invité ella propuso ir a escalar. La propuesta fue muy bien recibida. Karen escalaba desde hace varios años y tenía un buen nivel.

Confiar en tu cordada es esencial pero esa confianza debe construirse en base al pleno conocimiento de la otra persona en el contexto de la escalada, y fuera de ella también. Sin embargo, yo confiaba en Karen sin conocerla, solo basándome en su trayectoria como escaladora y como montañista.

Pero ese fin de semana Karen no era completamente Karen, había sufrido una ruptura amorosa y eso mantenía su mente a ratos abstraída del entorno. Yo no fui consciente de que su mente no estaba del todo presente y que eso era un riesgo, solo notaba su bajo ánimo e intentaba animarla y acompañarla.

El primer día de escalada comenzó y como la película “una serie de eventos desafortunados“ Karen sufrió varios pequeños accidentes que trataban de ponernos en alerta. Derramó todo el navegado que preparábamos la noche anterior, se le cayó el pan con palta del desayuno a la tierra (por el lado de la palta) y al calentar la leche en la cocinilla, se pasó la temperatura rebalsando y perdiendo más de la mitad del contenido.

Cuando por fin fuimos a la roca, habían ya varias rutas equipadas por la gente que estaba acampando junto a nosotras, así que fue fácil partir. Escalamos en top algunas rutas, que es lo óptimo cuando no conoces la roca, y durante un par de horas lo pasamos muy bien.

En un momento, Karen dijo que desequiparía una ruta ya que todos la habían escalado. Yo le dije que la podía asegurar y me preparé para ello. Mientras Karen subía conversábamos, hasta que llegó a la reunión y empezó el proceso: “¡Autoasegurada!” y le quité tensión. Luego me pidió cuerda para empezar a desequipar, hizo una broma -nos reímos todos- y así, de repente, escucho mi nombre en un grito de dolor, la cuerda se tensa y Karen estaba varios metros abajo colgando. Prefiero no decir cuántos, porque para las distancias no soy buena.

Inmediatamente los escaladores que nos rodeaban se hicieron presente. Un chico se equipó y empezó a escalar para buscar a Karen, la tomó, la calmó y la bajamos. Por suerte Karen no se había sacado su nudo ocho principal. De lo contrario, estaría relatando otra historia mucho peor. 

Ya en el suelo, la miramos y notamos que no tenía su línea de vida puesta. Con otro chico inspeccionamos visualmente la reunión y notamos que ahí estaba su línea de vida, asegurada al punto de descuelgue. Yo miraba con espanto y por dentro pensaba “¿Qué pasó? ¿La línea de vida se cortó?”. Luego, el chico que bajó a Karen siguió subiendo y desequipó la ruta completa. Bajó todo y comprobamos que la línea de vida no estaba rota, estaba intacta. ¿Cómo podía ser posible?

La historia sigue con Karen en la urgencia, comprobando una fractura de tobillo que requeriría cirugía, hundiéndose en frustración y culpándome por el accidente y por los metros caídos. Unos días después, confirmaría con otro testigo, que estuvo tomando fotos ese día, que Karen nunca amarró la línea de vida a su arnés. En una foto de primer plano, se veía que la línea de vida pasaba por el arnés pero sin alondrar. Karen nunca se enteró de ese detalle. 

Karen también tuvo suerte: ese día no quiso usar casco de escalada y la caída fue sin casco. Un golpe en la cabeza, podría haber cambiado dramáticamente el final de esta historia. 

De las lecciones que aprendí, es que no debo escalar con nadie que no quiera usar todos los implementos de seguridad. Incluso si es alguien con mucha más experiencia que yo. Todos los elementos de escalada se deben chequear. Y nunca se debe olvidar el más importante chequeo: el ánimo y estado mental de tu cordada. La escalada es un deporte de riesgo y se debe tomar en serio. 

Melocotondriaca

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